
Para ser una efeméride tan destacable, y probablemente la mayor anécdota de mi vida hasta ahora, no recuerdo en qué fecha tuvo lugar. Siempre fui muy dado a guardar en mi memoria los días clave míos y de terceros con relación conmigo, pero eso fue hace tiempo, antes de las canas...
Tampoco recuerdo el motivo de la reunión, pero pudo ser cualquiera, un cumpleaños tal vez, o simplemente porque sí, como suele ser costumbre. Fue en "La Cueva", en La Laguna. Entrando, a mano izquierda, recuerdo ver las espaldas de David "el negro" y Leiko cocinando algo; al fondo, en la sala estaba el grueso de la reunión, entre los que estaban Alvi, Lu, Damián, Jorgito, la morena del flequillo y otros elementos cuyo nombre no recuerdo. Nos disponíamos a ver el vídeo casero grabado en el cumpleaños de Lu, en esas tierras perdidas de Mordor, donde, por otro lado, el final de Marquee Moon tal y como se conocía había empezado a ser evidente. Apoltronados en los sofás, alguien proclamó desde la cocina: "¡ya están las galletas!".
Recuerdo vivamente lo que llevaba puesto: la diadema que me sujetaba mi intratable y espesa melena, y que dejé olvidada en la boda de Jesús y Laura Remove; una camiseta negra sobre la que llevaba otra encima de color grisáceo, más visible; los vaqueros que llevo puestos hoy (por ayer); los Adidas Titán... Tampoco olvidaré las palabras de Alvi: "cuidado, que pueden estar fuertes..." Yo, en mi ignorancia, y por culpa de mi tan autovalorado autodidactismo (o "tu gran ego", que diría Estela), pensaba que el efecto que pudiera tener comido sería menor al fumado, pues este último actúa directamente en el cerebro al ser inhalado, y en el estómago..., pues está el ácido clorhídrico, la digestión en sí, vamos, que no sólo tarda más, sino que lo hace en menor medida. Así que cogí una de la bandeja en la que las servía su amable hacedor. Estaba buenísima, caliente y crujiente, y para nada destacaban el olor ni el sabor del ingrediente que la hacía especial. Me la comí entera... y después otra media, porque me gusta comer, qué coño.
Comenzó la proyección del vídeo. Al rededor del cuarto de hora, y con la irrepetible visión de Damián tapado únicamente por una toalla, la cámara hizo un brusco movimiento al que mi cabeza acompañó. De repente, la pared tras el televisor empezó a moverse, y para tratar de determinar si ese movimiento era realmente posible, tomé de referencia la propia tele, pues no se mueven solas, y me percaté de que, en efecto, la pared se estaba moviendo horizontalmente, a razón de unos veinte centímetros por segundo, de derecha a izquierda y con una inclinación de unos 10 grados en el sentido de caída, a lo que habría que añadir unos leves reflejos iridiscentes de color rosáceo. Todo ello me hizo regar a la conclusión de que, por primera vez en mi vida, estaba colocado. Me giré y le dije a Lu: "creo que la galleta me está haciendo efecto", a lo que ésta contestó, acostada y con una cara que jamás olvidaré: "perchitaaaaa, perchitaaaaa". Me pregunté durante unos segundos qué significaba ello, y comprendí que sólo se podía referir a que ya estaba "colgado", aunque aún no lo sé concretamente, la verdad.
Hay un lapso de tiempo, de unos diez minutos aproximadamente, que pasó a mejor vida sin dejar ningún rastro. Y no es que lo olvidara con el paso de los años, es algo que ocurrió en aquel preciso momento, pues sin saber cómo me encontré a mí mismo hablando con una chica, la morena del flequillo. No sé cómo empezó la conversación ni quién habló primero, pero lo hacía con la naturalidad de quien no le preocupa lo que está pasando. Lo curioso de aquella charla es que el que estaba hablando no era yo. O sea, sí lo era, lógicamente, pero era otro yo el que estaba hablando. Mi verdadero
Yo permanecía absorto y la vez complemente consciente de lo que estaba pasando, sin poder controlar al otro, que no paraba de hablar y observar a la morena y su azabache flecho. Me sentía como John Malkovich siendo invadido por John Cusack en
Cómo ser John Malkovich. Ni más ni menos. Entonces pensé, "uy, esto es grave. Seguro que en cualquier momento le voy a soltar cualquier burrada a esta mujer". Porque esta mujer estaba muy bien, y temía que el loco que estaba hablando le fuese a decir cualquier
barbaridad que pudiera ofenderla. En ese instante me levanté y me dirigí hacia Nani: "llévame a casa, porque me estoy poniendo fatal..." Entre risas colocadas me responde que aún no, que un poco más tarde. Vuelvo a mi sitio y sigo hablando con el flequillo; al comprobar que definitivamente mi Yo racional no tenía
ningún control sobre el loco que no paraba de parlotear y gesticular con las manos, me empecé a encontrar realmente mal. Repetí nuevamente a Nani que me sacara de allí, y esta vez sí, accedió, probablemente al verme ya algo nervioso.
Las palmaditas en la espalda y las palabras de tranquilidad fueron la tónica durante los minutos siguientes de todos los presentes en la reunión, conscientes de mi virginidad droguil. Bajé las escaleras como pude, agarrado de los dos pasamanos y lentamente, mientras algunos cuchicheos disimulados a mi espalda no conseguían serlo; me acompañaban Nani y un Jorgito en su salsa. Durante el trayecto al coche, que duró unos diez minutos, fue cuando aparecieron las únicas risas de la noche, provocadas por un Jorge al que veía beber a saber qué mezcla de alcohol de un bote de cristal, aparentemente de aceitunas, mientras recitaba la lapidaria frase "
dicen que el alcohol es malo, pero qué bueno está, mano", para seguidamente llevarse el frasco a la boca, intentando mantener el equilibrio de un tambaleante cuerpo.
Habiendo llegado al coche, y sentado en el asiento del copiloto, Nani le dice a Jorge que se vaya caminando de vuelta a la Cueva, porque me veía mal y me iba a llevar rápidamente a casa. Efectivamente, me encontraba fatal. Sentía como si mi estómago se escapase disparado, y me intentaba meter la mano en el abdomen para sacar la espiral que se dibujaba en ella. Mientras mi ansiedad iba en aumento, Jorge se negaba a salir: "la casa está lejos, coño", "venga, Jorge, que David está mal", "Joder, no, paso de patear". Doy un tremendo golpe en el salpicadero del coche mientras le grito "¡QUE TE VAYAS DE UNA PUTA VEZ!", suficiente para que saliera corriendo..., y empiezo a llorar como un desconsolado, mientras el cabrón de Nani no para de reírse. "Tienes una blanca, David. Es normal si nunca has tomado.", "y una mierda es normal; si esto fuese normal la gente no fumaría", le respondí en medio del llanto.
La cantidad de pensamientos que se me pasaron por la cabeza durante los siguientes minutos fue tal, que enumerarlos es prácticamente imposible. Mientras no paraba de balancearme sobre mí mismo en el asiento e intentaba meter la mano en mi estómago, las paranoias me invadían. Se me hizo evidente que no iba a salir bien parado de aquello; pensaba que si no me moría de sobredosis, cosa que veía muy probable, mi cabeza se iba a quedar tocada para siempre, por lo que le dije a Nani que me llevara al hospital de inmediato, a lo que él se negó. Tras insistirle, me dijo que me llevaba directamente a casa, que no hacía falta ir al hospital porque lo que tenía era, otra vez, normal. Pero mi hipótesis era muy distinta... No quería llevarme a casa porque si iba al hospital me preguntarían qué me pasaba, yo contaría la verdad, y la policía haría una redada en la Cueva, deteniendo a todo Dior allí. Mi teoría pareció hacerle mucha gracia, cuando a mí me parecía de lo más plausible: yo a punto de morir, drogas, hospital, policía... Todo encajaba. Pero Nani insistió nuevamente en llevarme a casa, y mientras íbamos por la curva de la "Pepsi", le dije que detuviera el coche porque iba a vomitar. Y eso hice, con su mano en mi espalda y sin que hiciera falta que me sujetara el pelo, pues aún llevaba la diadema puesta. Parecía que la cosa se iba a poner mejor, pero tras ver Nani que mis temblores iban en aumento después incluso de haber vomitado, se asustó ya un poco y decidió finalmente llevarme a Urgencias.
Me bajé por mi propio pié del coche y se me acercó uno que iba de blanco, que algo tuvo que sospechar por cómo me cogió la cara y su expresión condescendiente. Le conté toda mi historia sobre que jamás había tomado nada ni bebido, y que me había comido una galleta de mariguana y que sentía que me iba a morir y blah blah blah. Me sentó en una silla de ruedas y me dejó tirado en el pasillo, mientras Nani se ocupaba de identificaciones, supongo. Y entonces la armé.
En un hospital no se debe gritar, y de madrugada menos, pero en aquel momento a mí me daba todo un poco igual, así que el planeta entero escuchó "¡DENME AGUA, COÑO!" y "¡TENGO SED!" de una manera que, casi seguro, les molestó. La deshidratación se presentó de improviso y vorazmente, y si grité de aquella forma era porque realmente lo necesitaba; jamás y nunca había tenido tanta sed. No recuerdo si llegué a beber algo, pero sea como fuere hubiese dado igual, porque seguidamente espeté: "¡DENME UNA BOLSA, VOY A VOMITAR!", y eso sí que me lo trajeron rápido. Tras regurgitar dos insípidas babas de bilis me metieron tras las cortinas, donde otro señor de blanco, de una forma muy condescendiente también, me preguntó qué me había pasado. Sentado en la silla de ruedas, me incliné cogiéndome los tobillos con las manos mientras le repetía nuevamente la historia de la galleta y mi abstemia. "Otro yonki", tuvo que haber pensando, pues al momento ya no estaba él, sino una de verde, con gafas, pelo corto y muy mala leche que, en su inmensa sabiduría e inmaculada conciencia, me dijo que no me sabía controlar. De nada sirvió mi casi llorosa confesión de que yo nunca había tomado nada ni bebido, mas su cara de "claro, claro" me humilló de una forma que jamás había sentido. No recuerdo si le dije que ella no me conocía, pero lo cierto es que lo pensé. Meterme una bola de billar en la boca mientras me ponen atado de manos sobre un potro, sería menos denigrante que lo que esta mujer me hizo padecer, y si me acordara de su cara se lo restregaría por ella. Que me digan que ella estará acostumbrada a ver eso cada fin de semana me importa una mierda; no la exime de ese trato. Trokotró.
Una vez más en el pasillo, esta vez enchufado a una bolsa plástica sobre mi cabeza, la somnolencia aparece. Pero dormir sentado es muy incómodo, así que qué mejor sitio que el suelo de una sala de urgencias para echarse una cabezadita, ¿eh? En menos de un minuto ya me habían tumbado en una camilla, y la naturaleza hizo el resto colocándome en posición fetal. Nani se acerca y cojo el móvil para llamar a mi madre, pero no se me ocurre buscar el número en la agenda, sino marcar todos lo números... En el tercer intento (con un equivocado de por medio) salta finalmente el contestador, y le dejo grabada toda la historia. Después recuerdo hablar con Lu, pero no si la llamó Nani o ellos me llamaron a mí. Lo cierto es que yo sólo dije "estoy en el hospital", y ya no supe nada más hasta despertar.
A las seis de la mañana abro los ojos con una sequedad bucal inhumana, y la mujer de blanco que había de guardia no se le ocurre otra cosa que decirme que no puede darme agua hasta pasada una hora. "¿Me tengo que quedar aquí una hora y sin beber?", "sí". No sé por qué no me levanté y me fui sin mediar palabra de allí. Seguramente por la misma razón por la que Sócrates se bebió la cicuta por prescripción médica, o porque soy un gilipollas integral -que viene a ser lo mismo-, pero lo cierto es que pasé la hora más larga de mi vida, solo, tumbado en una camilla completamente sobrio, enchufado a una bolsa de vitamina B, y con la boca como la del
Sr. Anderson. A las 7.15 cogí un taxi para casa, cuyo conductor me tuvo que ver algo raro en mi expresión como para esbozar aquella sonrisa...
Me desperté como nuevo a las 10:00 y lo primero que hice fue llamar a mi madre. Me comentó que se estaba quedando en el Sur y que no escuchó el mensaje hasta esa mañana, llevándose el consiguiente susto. A las 16:00 ensayo de Marquee Moon, como cada domingo, para comentar las mejores jugadas. El volumen de las risas por parte de todos fue notable, como era de esperar, yo incluido, que no hay nada como reírse de uno mismo. Alvi me dijo que mientras estaban en la fiesta, le dijo al Negro que yo me había comido galleta y media, y que a éste le cambió la cara y le dijo "llámalo, está en el hospital", "enga ya", "¡que lo llames, que seguro que está en el hospital!" (esa fue la llamada que recibí en la camilla mientras, según palabras, de Nani, me metía el dedo pulgar en la boca como si fuera un bebé...) Al decir yo las palabras "estoy en el hospital", en la Cueva las risas fueron masivas y extensas. Me puedo imaginar a todo el mundo allí, con un pedal de escándalo, partidos de risa conmigo...
Por lo visto, lo de esa noche fue algo demasiado fuerte incluso para la gente que está acostumbrada a intoxicarse porque sí: paranoias eternas de robos de móviles, balbuceos ininteligibles, bucles de ir y venir mirando al suelo... Qué espectáculo. La morena del flequillo, a la que nunca he vuelto a ver, terminó siendo rescatada de madrugada por su madre en no sé qué carretera, tras tenerse que bajar atacada del coche por el colocón...
Nunca más.